Hay cosas en la vida que damos por un hecho que llegaremos a vivir, pero que con el paso del tiempo nos vamos dando cuenta de que no sucederán. Pero luego la vida te sorprende y lo imposible se vuelve una realidad. Así es la vida, y es lo bello de ella, que nunca sabemos lo que traerá el nuevo día al abrir los ojos en la mañana.
Cuando yo era muy pequeño pensaba que la vida era una línea recta, que las cosas seguían un curso natural. Terminaría la escuela, iría al colegio, estudiaría una carrera en la universidad, tendría un trabajo, conocería una chica a la cual amaría, me casaría, y con nuestros hijos formaríamos una familia. Y vivieron felices por siempre. Pobre inocente!
Al llegar apenas la adolescencia mi vida dió el primer giro, el cual sería crucial, y todo aquel cuadro perfecto cambió y se hizo demasiado confuso. Algunas cosas seguían su camino, como el estudio y el trabajo, pero de pronto lo demás ya no era tan claro, y en lugar de buscar aquella chica del futuro yo ahora me inclinaba más por un chico del futuro. Cómo? por qué? qué pasó? Son preguntas que ni yo mismo podía contestar, y nadie las contestaría por mí tampoco. Y lo que parecía una vida de pruebas superables, ahora era una vida de batallas inesperadas. Primero una batalla contra mí mismo por entender lo que me pasaba, y luego una batalla con un mundo en el cual yo no calzaba.
El estudio y el trabajo, y todos los buenos momentos que me trajeron, pasaron siempre a un segundo plano, porque además me tocó ser una persona controlada por el corazón, un tonto romántico dirían algunos. La felicidad nunca la encontré en lo material, sino que yo quería aquello que estaba más allá, lo verdaderamente importante... el amor. Pero cómo podía yo amar en una sociedad que me castigaba por ser diferente, y por querer un amor diferente al que la mayoría buscaba. Y es que aquel cuadro perfecto de mi infancia en realidad no me lo había inventado yo, había sido impuesto a todo hombre (y mujer) desde tiempos atrás. Y quien estuviera fuera de ese cuadro simplemente era un error de la naturaleza, un pecador, un enfermo, un marginado, llámenlo como quieran, pero siempre con un adjetivo negativo. O mejor aún, no lo llamen de ninguna manera, porque es mejor ignorar que existe.
Pero yo existía, siendo diferente pero con un corazón lleno de sentimientos como los demás, y quería hacer mi propio cuadro y vivir mi propia historia, tan perfecta e imperfecta como cualquier otra. Era mi derecho, a fin de cuentas era un hijo de Dios como todos los otros. Bueno o malo, eso sólo El lo sabía. Y me propuse vivir mi vida a mi manera.
Los tiempos pasaron, las mentes siguieron su evolución, el mundo se hizo más pequeño, más cercano, y las sociedades ampliaron sus conceptos. Costa Rica dejó de ser un pequeño país para formar parte de una comunidad global. Con los años ser diferente ya no era el fin del mundo, y de pronto había un término en el cual mi situación podía encajar, tres letras describían quién era yo: gay. Pero a mí las etiquetas nunca me gustaron, ni las despectivas ni las políticamente correctas. Yo era un ser humano simplemente, con los sueños, los temores, los deseos y los miedos de todos los demás. Sin embargo eso me ayudó a dejar de esconderme, y ya a finales de los noventas me sentía más libre de expresar mi verdadera naturaleza.
Descubrí que ser yo mismo era mi mejor arma, y que la gente que me diera la oportunidad de conocerme debía juzgarme solo por quien yo era en el fondo, no por una parte de mí, que aunque determina el curso de mi vida, no me define como ser humano. Yo soy yo por mis sentimientos, mis pensamientos, mis actos, y no por la persona que ame o desee. Y la mayoría de los casos funcionó "mi estrategia". Mi lucha más allá de integrarme a una comunidad, fue integrarme a una sociedad. Aunque en mi interior la gran lucha era por completar mi cuadro con esa persona, que ahora estaba seguro que usaba pantalones en lugar de enaguas, pero quien seguía sin tener un rostro definido.
Yo nunca le impedí a mi corazón dejarse llevar por el amor. Simplemente no podía, porque desde siempre él fue quien mandó a mi mente y todo mi ser. Ese era el motivo real de las luchas en mi vida. Y amé, mucho, pero desgraciadamente (o no) a quien no debía. Y por eso nunca supe lo que era ser amado. Es extraño cómo lo que más anhelamos es tal vez lo único que nunca conseguimos. Porque en otros campos mi vida era muy buena, y Dios me había bendecido con una familia y un gran grupo de amigos quienes sí me daban su amor, y en quienes me refugié tantas veces. Pero no era "ese amor" que completaba el cuadro.
Hasta que un día el corazón se cansó de mandar, y las luchas se acabaron, y simplemente me dejé llevar, como una barca que se lleva el viento. Fue ahí cuando llegó el amor.
La historia que nació un día de setiembre del 2007, que empezó a madurar en setiembre del 2008, y que empezó a ser real en setiembre del 2009, ya la conocen todos aquellos quienes fueron mis compañeros de batalla durante tantos años: mi familia y los hermanos y hermanas que me dió la vida. Es una historia como todas las mías, con sus dramas y sus momentos para reír, de logros y pérdidas, de cambios y sorpresas. Y es la historia que completa el cuadro. Lo completa un español, quien es mitad indio (de la India), con un nombre curioso y un apellido aún más, y que Dios primero mañana 28 de enero del 2010 será mi esposo según la ley, aunque mi corazón supo que era su alma gemela desde hace rato.
¿Esposo? ¿Ley? ¿Dios? Bueno, esos son conceptos involucrados en esta historia que cada uno verá desde su propio punto de vista. Yo solo sé que una nueva historia comenzará mañana, que nuevos retos enfrentaremos juntos y cada uno por separado; que tuve que dejar mi país porque ahí aún no tenía derecho a tener una vida en igualdad con lo demás, y ahora seré uno de los primeros ticos gays casado legalmente; y que tuve que renunciar a mucho, incluidos mi familia y amigos. Pero a fin de cuentas -y según mis creencias - Dios escuchó mis oraciones, y hoy mi corazón rebosa de felicidad, porque sé que los sueños para todos por igual se pueden convertir en una realidad.
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